Era abril. El terremoto había derrumbado casi medio Chile, pero Santiago estaba bien. A Santiago no le importaba si el resto de Chile estaba bien. En ese escenario volvimos a la capital, desde San Carlos. Por problemas económicos yo había vuelto unos meses antes que Cristóbal.
El piso y las paredes eran blancas. Sergio Lagos lo entrevista en la Sala SCD de Bellavista y Cristóbal respondía con su sinceridad habitual y también mucho acierto. Dos meses después se presentaban en vivo ahí mismo. Recuerdo que todo el concierto pensé que Héctor había tocado increíble y que la voz de Cristóbal estaba en su mejor punto. Además tocaban con casi toda la gente que había colaborado en el disco.
Nunca las grabaciones van a lograr ser fieles al presente. Estar ahí, mezclarse con las ambiciones del público y la banda. Era una posición extraña, un limbo: Era fan y parte de la banda, escuchaba atento y no tenía que estar preocupado de equivocarme en una nota, podía sentarme en el sillón y compartir una cerveza. La mía era una responsabilidad oculta que bien hecha seguía invisible, y mal hecha es un elefante en el medio del living.
Y a nadie le importó realmente. Movistar música desapareció poco después de eso, supongo que a alguien se le ocurrió —no sin razón— que tener un programa cultural cuando la cicatriz en la tierra estaba húmeda, no era la mejor idea.
Un mes después tuve que mandarle unas imágenes a la montajista, la que más tarde formaría parte de Cazador y tiempo después me presentaría a mi mujer.
Aunque estoy tratando de evitar ser una persona nostálgica y una polilla de la música chilena, este concierto tiene muchos más significados para mí de los aparentes. Además, sigo pensando que es uno de los mejores conciertos que han dado.



