Recuerdo esto mientras boto el cigarro que hace un minuto acabo de encender. No soy bueno para fumar ni para escupir, pero apenas lo tiro al suelo y lo piso con mi zapato, lanzo un escupo que habría roto el pavimento. Me siento orgulloso y no hay nadie para comentarlo.
Me cuesta distinguir si lo que recuerdo es efectivamente lo real o una jugarreta de mi memoria que teje puentes entre los sucesos reales y lo que me hubiese gustado que sucediera. No tengo como saberlo. Sólo sé que todo comienza con un apretón ligero en mi hombro, en medio de una fiesta, mientras voy camino al baño.
Luego, hay un as con lechuga y palta, partido por la mitad. El maestro de cocina lo divide mal, una parte es notoriamente mayor que la otra. Me apresuro en tomar la parte más pequeña, hago esto como un símbolo de respeto. Mi mamá siempre nos dejaba la parte más grande a nosotros, y yo entendía aquel gesto como un acto de amor. Desde entonces, no puedo dejar de hacer lo mismo por alguien que, cuando menos, me cae bien.
Ella nota esto y cuando vamos caminando y derramo algo de palta al pavimento nos quedamos mirándola y me ofrece de su parte, diciendo: “El tuyo es más chico, dale una mordida al mío”. Me niego, pero insiste amablemente y es verdad, tengo hambre y algo extra no me vendría mal. Me felicita por una mordida limpia, que no chorrea ni derrama nada. Nos reímos y cortamos distancia al semáforo de la esquina.
No recuerdo como es que llegamos a su casa, pero no es mucho más lejos. Nos subimos al ascensor, aún cuando sé que lo correcto sería subir por las escaleras, siempre lo hago. Luego son las escaleras hasta su pieza las que debemos subir y no hay ascensor. Intento no hacer ruido. Me afirmo con fuerza de los barrotes y en un par de zancadas ya estoy arriba. Tras nuestro, cierra la puerta y nos desnudamos. Tengo unos calzoncillos que hace unos meses me quedaban bien, pero ahora me quedan algo anchos, no esperaba encontrarme con nadie esa noche. Yo estaba ebrio y ella también, pero no nos importaba.
Nos acostamos y sin siquiera pensarlo mucho, nos besamos. Antes le había asegurado que ambos éramos adultos, que podíamos separar las cosas. Pero la verdad es que no lo somos. No sé si somos niños tampoco.
Tenemos sexo con fuerza, su pelvis choca contra la mía y la piel se enrojece. Sé que a ella también le duele, pero nadie quiere darle importancia. Aún así, se que me duele mucho, pero está bien, me hace durar más. Cuando toma mi mano y cambiamos de posición, veo su espalda y busco sus tatuajes, pero el vaivén de mis ojos abiertos me marea demasiado. Los cierro. Tanteo los huesos de sus caderas y las atraigo hacia mí, agarro su espalda con fuerza hasta alcanzar su cabello, jalándolo con decisión, mientras con la otra mano la ahorco con fuerza y precaución al mismo tiempo. Veo de reojo su nariz y su sombra proyectándose en la pared, en donde su mano derecha se afirma y corre la cama paulatinamente, 10, 20, 30, 50 cms de angustia, hasta que se queja de dolor, le estoy tirando el pelo muy fuerte y me disculpo, y se ríe. Hay unos segundos de ternura, pero se acaban apenas nos vemos cara a cara y chocamos con fuerza nuevamente. Veo su expresión, pero no la recuerdo. Sólo escucho sus gemidos en mi oído y espero que ella recuerde los míos en el suyo y lo desesperado que estaba por quererla y ella a mí de vuelta.